DIARIO DE UN VIAJE DESPERTADOR POR LAS ARGENTINAS QUE FUERON Y VENDRÁN
(COLUMNA DEL PROGRAMA "EL GATO ESCALDADO" DEL 23/10)
Subido a una pirca del Pucará de Tilcara, el tipo ve cómo su ego se desbarranca entre rocas y cardones abrumado por la maravilla que lo circunda. En medio de los restos de una civilización nacida de la piedra, con caminos, casas; herramientas, jardines, utensilios, cementerios y hasta un cielo mordido por horizontes de piedra, su pobrecito ego se apiola de su transitoriedad e insignificancia y se derrumba quebrada abajo.
Allí, en ese punto energético del universo, como un despertar místico se le revelan la naturaleza en toda su magnificencia y eternidad, y también la humana temporalidad, el gesto civilizatorio primordial, que se ve en la materia transformada para la supervivencia. Esos restos laten, la piedra inmemorial intervenida por el hombre o no, está viva. Atestiguan el devenir humano en concordancia con el entorno, siendo uno con él, consciente de su interdependencia de todo lo vivo. Un mensaje demasiado poderoso como para no ser escuchado…
Después de ese instante mágico y revelador, el tipo sólo atina a pensar cuánta soberbia hay en esa Buenos Aires cuya vida transcurre 2.500 metros más lejos del cielo y a 1.700 kilómetros de ese acto sagrado hecho paisaje.
Pero el tipo no está solo. Octubre es propicio para las revoluciones, las demostraciones de fe popular y también para el turismo. Y el pucará y las calles del pueblo de Tilcara y de otras partes del noroeste se llenan de citadinos desubicados, franceses con caras de asombro y pibes con camiseta de Central, (¡cuándo no!) que compran sikus, remeras y mochilas de aguayo. Como él.
El tipo, por analogía, descubre que así como las montañas revelan su edad en las franjas moradas, verdes, añil, amaranto que se superponen en sus laderas; el devenir de la Patria es una acumulación de experiencias tangibles, de irrupciones y continuidades que, capa sobre capa, se rejuntan y hacen la historia y el presente.
ARCAICA NOVEDAD
La Argentina es una formación aluvional que puede mostrar, al primer golpe de vista, en sus ayeres el hoy y en el hoy todos sus ayeres. Y en el norte eso se percibe en toda su magnitud; en todo su fluir y permanencia, en toda su antigüedad y porvenir. Está el siempre de la Argentina ahí, desde que el primer coso humano dejó su huella hasta los argentinitos y argentinitas del mañana, Por ejemplo esa que lleva en la panza Sol, una porteña establecida allí que el tipo encontró en el hostel. Y que bautizará Luna. Sol lo avivó de algo fundamental: “Hay poca propiedad privada aquí, en Tilcara, los espacios están menos delimitados, no se sabe bien dónde terminan ni empiezan las casas, por ejemplo”, le dice. Y debe ser así en este pedacito del país esencial, eco de aquel Imperio Incaico cuyos pueblos consideraban la tierra un bien comunal y le rendían culto. A propósito de culto, hay una calle en Tilcara que lleva por nombre “León Gieco”. Un hijo de la tierra sin par, de los que pusieron el ego al servicio de sus hermanos para que esta vida no fuese tan amarga.
El tipo intenta hilar la continuidad de esas Argentinas, y no puede pasar por alto que unos días antes, en Salta, había sentido el impacto al ver otra capa de esta patria profunda y aluvional. Fue cuando entre dos lágrimas y una emoción descubrió en el museo de historia la bandera de Ayohuma, aquella batalla que perdió el general Manuel Belgrano en 1813 por frenar a los godos que ponían en peligro la revolución en la frontera norte. Celeste viejo y de un amarilleado blancor, aquella enseña contrariada pero nunca vencida, hablaba del hoy.
IDA Y VUELTA POR LA QUEBRADA
Hay otras Argentinas posibles y necesarias, acontecidas y en manifestación, que se le van apareciendo al tipo en el periplo. Como esas pinturas de los ángeles arcabuceros en la iglesia de Uquía, un pueblito mínimo, con una muestra gigantesca, única del arte colonial americano hecho por manos criollas. Tres siglos antes de hoy, argentos de ayer.
Y así como eso está ahí, ante mis ojos deslumbrados por primera vez, hay también una Argentina fresca y sonriente en esos pibes que en la plaza de Humahuaca tocan cada uno por su lado El Humahuaqueño, el tema más emblemático del norte, paradójicamente compuesto por un porteño. La tradición en manos de la pibada, garantía de continuidad.
Jujuy es tierra de ancestros que se pasean por la calle y de jóvenes que pasan a su lado por miríadas, como mariposas recién salidas del capullo. Multitud de ayeres y futuros que se entremezcla y se hace una misma corriente. No sé si lo dije ya o lo diré luego también. Pero hay tanta energía pa' lante y tanta historia como jamás he sentido en tierra alguna. Algo muy fuerte se cocina en esa provincia. Y es para bien.
Hay una señal muy fuerte de la Argentina pretéritísima también en esa Princesa del Llullaillaco, momia que está en el museo de Arqueología en Salta, de una muchacha encontrada a 6.700 metros sobre el nivel del mar, enterrada a los 15 de su edad, hace unos 500 años en un ritual inca. Al parecer, sacrificada en honor de los dioses, preservada intacta. Tal vez sea ella, esa virgen sacrificada a los dioses, la Madre de todos los Argentinos, como le dice la mujer del tipo al tipo emocionada. Sin dudas, mucho parentesco hay en ese rostro igual al de tantos argentinos del presente.
TILCARA, EN EBULLICIÓN
Hay otras argentinas verosímiles, deseables, que se vislumbran y enlazan por aquellos pagos. En Antonella, por ejemplo, profesora de historia, experimentada en las luchas de género, docente en Tilcara, que busca transgredir el límite de una realidad aplastada por la persistencia del orden conservador, formateada por siglos esclavitud, sostenida a fuerza de espada y de clerigalla, para beneficio del latifundista explotador. Hay una argentina nueva también en Diego, Pablo, Mary, que lo reciben al tipo en la Casa los Molles, pibes entre 25 y 30 apolíticos declarados, pero distendidos, generosos y fraternos, que tienen de sobra justo lo que uno busca.
Hay otra Argentina en cierne en esos franceses deslumbrados por la presidenta de los argentinos, que no entienden bien qué es el peronismo pero que saben que la palabra socialismo sirve para contrabandear políticas de derecha. “Pasá en Españá, pasó en Franciá, miga Greque e Irlandá, el desastre neoliberal”, explica Yulien, que percibe la revolución cultural que se está dando en la Argentina empujada por esa mujer, y quiere saber más de Ella.
Y el tipo le cuenta al franchute y a su jermu en la lengua inequívoca del amor, para que entiendan, las decisiones de esa mujer que los asombran, como la ley de medios o las computadoras distribuidas entre los pibes, y el tipo les sugiere que no dejen de ver lo que hace la Tupac en San Salvador de Jujuy, que eso es también el país: las casas, el auditorio, la ropa de trabajo, los muchachos y muchachas que se juntan en la puerta de la institución en pleno ejercicio de la dignidad conquistada, en nombre de una historia colectiva que están aprendiendo a enlazar con la propia. Qué ciudad, Jujuy, piensa el tipo, llena de jóvenes, que reclama, por convicción, necesidad, decisión, bullente, emergida. Sangre de la sangre de la argentina originaria en evolución y continuidad…
Y entre tantas posibles, que coexisten y crecen hay otra Argentina que el tipo descubre en el Xavi, un tipo a flor de piel, un colega catalán cincuentón como él, que ha yirado y mucho por el mundo devorándose la vida. Hoy, el Xavi quiere establecerse en esa Tilcara que se le ha metido en el cuore no por el paisaje sino por los argentinos, “vamos hombre, que sois todo un misterio: divertidos, inteligentes y tuvieron a ese cojonudo del Kirchner que les frenó el ALCA a los yanquis, ja!”.
Aquí se quiere quedar este desmesurado y querible Xavi, hincha del Español de Pochettino y de Miles Davis (como el tipo), cinéfilo y amante de la historieta (como el tipo), enamorado de lo auténtico (como el tipo), ambos perdidos y reencontrados en esta tierra nudo de la humanidad, cumbiera, de perros chúcaros, de pintores y músicos, de pastoras y quinteros, de viejas santurronas y constructores y comerciantes, capaz de continuar idéntica a sí misma, a sus atavismos, a través de los siglos a pesar de los otros mundos que la invaden. Imagínense qué fuerte es…
Allí uno se da cuenta de la verdá de la milanesa. De lo virtual, lo real. De qué se trata hacer política y gobernar, cómo es devolver, repartir y consagrar derechos. De cuántas alfombras hacen falta para esconder abajo la realidad. De lo que la gran ciudad oculta tras sus neones engañosos, de lo que el vértigo de esa marcha enloquecida hacia ningún lado impide ver. Y siempre con un rictus de angustia existencial importada, en eterna huida hacia fantasmagórico e ilusorio ser que se disuelve en la nada del todo vale y el nada sirve, sin antes ni después.
SUENA OTRA VEZ UNA CANCIÓN
Benvinguts, paseu, passeu
De les tristors em farem fum
Que a casa mia es casa vostra
Si es que ni’a casa es d’algú…
Canta el tipo en catalán, el himno del catalán Sisa, abrazado como borracho a Xavi, un catalán, que cree que las casas son de nadie y que las tristezas se pueden hacer humo, justo en la tierra donde vivieron los omaguacas, que decían que la tierra era comunitariamente y de todos. Pueblo preexistente al invasor español, cuya sangre también nos corre por las venas. Esta canción ya sonó alguna ve en este blog...
Perdida y encontrada en la memoria del Xavi, la Barcelona orgullosa y rebelde que cantaba aquella canción de Sisa, siempre resistente al franquismo, ciudad que murió en los olímpicos del 92 para hacerse igual al resto de las capitales del mundo, dice el amigo, reverbera en tierra india para unir en un mismo caudal las aguas de una nueva historia… Así es la cosa…
Mientras anochece y llovizna tibio y es octubre en Tilcara, ombligo de un tiempo nuevo, punto de partida de una humanidad mejor. Y se da cuenta el tipo de que esa canción en catalán, que le ayudó a atravesar la oscuridad de la dictadura sin perder demasiado el juicio, se inscribe en la historia argentina, su historia, con naturalidad, como el mate y el poncho, como el tango y el pibe almacenero que lo saluda con un viva perón ritual, una gracia, una contraseña que los hermana en la creencia. Como la que tienen los que van a ir a votar no desconfiados y temerosos con la boleta en el bolsillo, sino con la convicción en el alma y un grito en el corazón.
Antes de tomarse el bondi de regreso a la ciudad, el tipo hizo una especie de despedida ritual. Se paró frente al algarrobo histórico de Tilcara, que recuerda un pasaje de la heroica lucha de los gauchos de Güemes, e improvisó una oración por tantos valientes que viven por arte de memoria. Luego eligió unas hojitas de sagrada coca para su acullico y encontró una pirca desde donde sentarse a mascar lento y ver el valle, las cambiantes montañas, el sol cayendo tras ellas, el pueblo allá abajo, cerca y lejos, mientras las risas de los chicos que regresan de la escuela se mezcla con ladridos lejanos y un rock brota del celular de una piba. Y él dejándose estar…
La sonrisa de la candidata a presidenta, desde una afiche pegado en la puerta del almacén de Tilcara, le confirmó al tipo que todo tiene que ver con todo, que hay un presente en el ayer y viceversa, que esa pared de adobe añosa pero firme y esa sonrisa están relacionadas íntimamente. Y piensa el tipo que la felicidad personal y colectiva es marchar en equilibrio, reconociendo los vínculos con el tejido sagrado de la vida. Acariciado por la última luz del día, los ojos entrecerrados por un viento frío que baja de las cumbres, liberado de las nimiedades mundanas, embebido en el paisaje, limpia el alma por ese silencio que crece con la noche, el tipo ve, siente, de cuántos milenios está compuesto ese instante, cómo los sinsabores hacen sabrosa una conquista, la cáfila de tristezas que enhebran una alegría; y también cuántos privilegios e ilusorias filosofías aun faltan desmontar.
Está seguro de que después de su paso por ese norte le será un poco más fácil volver a meterse en la incivilizada guerra que se libra en las calles de la gran ciudad, en donde las viejas lombrices de huecos portasenos, los paquidermos de esfínteres crinudos y esas hienas que babean odio, iniquidad y bosta, como diría el gran Oliverio Girondo, siguen confesando su incapacidad ontológica de percibir al otro.
Por cábala o por hacerse el brujo de la tribu, el tipo se trajo una piedra de Tilcara, una cualunque, grisecita, redonda, veteada de ocres y amarillas filigranas. Piedra entre millones, que estuvo en esta tierra miles de años antes de que el tipo la lavantara del piso, y que estará mucho después de que él tipo se tome el piro. Testigo del paso de las argentinas posibles, necesarias, que fueron y están volviendo, que son y llegarán, esa piedra. Esa piedra que se trajo para recordar su propia transitoriedad e insignificancia, lo contingente de lo humano frente a lo eterno, y qué cerca está la nada cuando eso se olvida. Sobre esa piedra, registro de lo que fue y vendrá, funda El Gato su programa de este hermoso, histórico, único 23 de octubre de 2011, donde otra vez y como nunca antes, los argentinos de todas las argentinas que son la Argentina seremos artífices de nuestro propio destino.
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