miércoles 10 de agosto de 2011

SAN CAYETANO, LA PACHAMAMA Y EL ESTADO

(Columna de El Gato Escaldado del 7 de agosto)


Cada 7 de agosto, una muchedumbre se congrega en las puertas de una iglesia de Liniers para venerar a San Cayetano. Cayetano o Gaetano de Thiene fue un muchacho que nació en Vicenza, en 1480 en un hogar rico que en un momento, a los 33 años, escuchó el llamado de Dios, largó todo, repartió sus bienes y tomó los hábitos. Hasta su muerte, en Nápoles, el 7 de agosto de 1547, predicó la palabra de Jesús. Eran tiempos en que Lutero desde Wittenberg denunciaba con razón la corrupción de la Iglesia romana y en los que ésta necesitaba espíritus luminosos y justos para no resignar seguidores.

Es singular la devoción que existe entre los católicos de la Argentina hacia él; muy superior a la del resto del mundo, inclusive la que tienen los devotos en su país natal. El misterioso poder de la fe en estado de manifestación podría ser una buena respuesta, cuando uno se pregunta por qué esto es así; pero ahí está el factor humano que ronda e intenta explicar el misterio; y entonces lleva lo inescrutable al plano de lo terreno, donde siempre gobierna la necesidad.

Parece que la devoción por este santo tano –aunque yo diría que más argentino que el mate con bizcochitos- empezó a fines del siglo XIX, allí mismo , en Liniers, donde se levanta la iglesia. La leyenda cuenta que en tiempos de una gran sequía un lugareño que tenía un par de hectáreas donde plantaba sus tomates y lechugas le pidió a Cayetano que hiciera llover y, para eso, le dejó una espiga de trigo a los pies de su imagen. Como si el invocado fuera Baigorri Velar, tres días después, parece que el santito hizo llover tanto que la ciudad se inundó. Ese, dicen, fue el primer milagro. Y ese campesino pedigüeño creó uno de los elementos que iba a acompañar el ritual: el uso de la espiga. Que es un invento argentino.

Casi cuarenta años después se produjo el segundo milagro, que acrecentó aún más los poderes, o mejor dicho la creencia en los poderes de San Cayetano. En plena crisis económica de 1930, un sacerdote hizo su campaña a favor de Cayetano: llamó por teléfono a algunos feligreses de su parroquia para aconsejarles que rezaran al santo de la providencia. Otra vez dicen –creer o reventar- que gracias a esto muchos mejoraron su situación. El boca a boca acrecentó el número de devotos. Y a partir de ahí la necesidad fue congregando más necesitados. Básicamente de laburo. Que hoy sabemos bien, no es una cuestión de milagro sino de la acción de la política sobre la economía. Que necesita, sí, de congregar voluntades alrededor de una creencia. San Cayetano ha sido a lo largo de la historia contemporánea un termómetro del clima social. Medido casi siempre por los titulares de la prensa. Tal vez no sea ocioso recordar que no eran lo mismo los titulares en 1999, 2000, o 2001, que en 1950 o que en 2010.

Igualmente, "San Cayetano es argentino", creen muchos. Y más allá de las crisis o las bonanzas siempre hay promesas, agradecimientos y ruegos en todos los fieles que hacen cola para entrar en el templo.

Tengo en la memoria algunas procesiones que dejaron su impronta y que movieron las fichas de la historia. Que no tienen que ver con los milagros propiciados por el santo, sino con el santo como aliado y testigo, como excusa y bandera de la lucha humana por la supervivencia. Una de esas es del 7 de agosto de 1981, con Saúl Ubaldini, secretario general de la CGT Brasil, y otros compañeros fieles entre los fieles, tratando de generar un hecho político que pusiera en el tapete la resistencia de la clase obrera a las políticas antipopulares de la dictadura. Este fue un hecho que pasó inadvertido pero que comenzó a arar el ambiente y poner la semilla de un suceso de mayor relevancia, que ocurrió tres meses después: el de la marcha del 7 de noviembre de 1981, cuando el mismo Ubaldini, pero esta vez a la cabeza de unos diez mil laburantes marchó hacia la simbólica iglesia, enfrentando la prohibición de libertad de reunión imperante por el estado de sitio.

Por primera vez desde el golpe del 76 los trabajadores se reunían para marchar contra los asesinos, contra los que les habían quitado el trabajo, rebajado salarios, desaparecido a miles de compañeros. La policía y el ejército intentó cerrarle el paso a la multitud que caminó desde Vélez Sarsfield hasta San Cayetano, pero no pudieron y se congregaron aquellos militantes, frente a la Iglesia, bajo la consigna “Paz, pan, trabajo”, fundamento de la justicia y la libertad. Fue un inmenso paso adelante para sacudirnos a aquellos señores de la muerte, que con el libreto liberal en una mano y la metralleta en la otra sumieron a los argentinos en el miedo y en la necesidad.

La otra marcha que recuerdo fue el 7 de agosto de 2000, hace apenas once años. En un clima bravo, con los poderes financieros internacionales y sus representantes encaramados en el gobierno decididos a chuparnos hasta la última gota de sangre, tengo presente la imagen del líder de los camioneros Hugo Moyano en las inmediaciones de San Cayetano pidiendo firmas para que el desgobierno de De la Rúa pusiera en marcha un seguro de desempleo y otorgara la Asignación Universal por Hijo para paliar el desastre que estaban cometiendo. Eso a pocas horas de la llegada a Buenos Aires de la llamada Marcha Grande de la CTA, que venía juntando gente desde Rosario con la misma intención: desenmascarar las políticas neoliberales del gobierno de la Alianza, continuidad de las del menemismo.

A las que recién se le puso freno con el regreso del Estado a nuestras vidas. Del Estado, ese instrumento solidario, redistributivo, recurso fundamental de las sociedades organizadas, que pone freno a la libre competencia de las fuerzas del mercado, que regula la arbitrariedad y el capricho de los poderosos. Sin Estado fuimos vaciados y esquilmados, quedamos indefensos y sumidos en la impotencia, y así nos fue como nos fue. Krishnamurti nos dice que el Bien es el orden total y el Mal es el desorden, allí donde no hay regulación, donde se deja todo librado al laissez faire. Al dejar hacer, dejar pasar, principio del liberalismo.

La frase laissez faire, laissez passer es una expresión francesa que significa «dejad hacer, dejad pasar», refiriéndose a una completa libertad en la economía: libre mercado, libre manufactura, bajos o nulos impuestos, libre mercado laboral, y mínima intervención de los gobiernos. Fue usada por primera vez por Jean-Claude Marie Vicent de Gournay, fisiócrata del siglo XVIII, contra el intervencionismo del gobierno en la economía. De forma completa, la frase es: Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même; «Dejad hacer, dejad pasar, el mundo va solo».

Recordemos aquellos hechos, evoquemos la acción humana y en medio de ella el nombre de un santo dando cauce a ese río místico que son las multitudes alzadas contra la injusticia. Pidiendo por sí mismas. Sigue siendo recordar el único conjuro contra la repetición de los males. Y habando de recordar: Acosta, Arapi, Aredes, Alvarez, Avaca, Avila, Benedetto, Campos, Cárdenas, Delgado; Enríquez, Fernández, Ferreyra, Flores, García, Gramajo, Guías, Iturain, Lamagna, Legembre, Lepratti, Márquez, Moreno, Pacini, Paniagua, Pedernera, Pereyra, Ramírez, Ríos, Rivas, Ramírez, Rosales, Salas, Spinelli, Torres, Vega, Villalba, guarden los oyentes los apellidos de estos 38 argentinos en algún lado de sus vidas: estos mujeres y hombres cayeron muertos en nuestro nombre, por nosotros, aquellos terribles días de diciembre de 2001, en los que el neoliberalismo, no contento con cargarse vidas por el hambre pasó a la acción directa de las balas para preservar sus privilegios. Que tanto nos costó y nos siguen costando desmontar. Aquellos murieron, como tantos otros, por la paz, por el pan y por el trabajo que gobiernos sin escrúpulos eligieron dejar en manos del mercado.

Hoy, como todos los años, miles de fieles volverán a pedirle y agradecerle –hoy más a agradecerle que a pedirle- al santo patrono de la providencia al santuario de la calle Cuzco 150. Recen una pequeña por aquellos hermanos nuestros. Y porque no volvamos a aquellos aciagos días. Y ya que digo Cuzco y transitamos agosto, cómo no recordar que así como los católicos elevan sus plegarias al cielo para pedirle bienestar al santito, a partir del primero de este mes el mundo andino aymara y quechua mira hacia la tierra y entierra en ella sus ofrendas para agasajar a la Pachamama, precisamente la Madre Tierra. Para que todo vaya bien.

La Pacha es la diosa femenina de la tierra y la fertilidad, una divinidad agrícola benigna concebida como la madre que nutre, protege y sustenta a los seres humanos. En la tradición incaica, es la deidad de la agricultura comunal, fundamento de toda civilización y el Estado Andino. Es la más popular de las creencias del ámbito incaico que aún sobrevive con fuerza en las provincias del noroeste argentino . El 1° de agosto es cuando se alimenta a la Pachamama, se entierra una olla de barro con comida cocida, junto a hojas de coca, alcohol, vino, cigarros y chicha, entre otras cosas. El rito supone que ese día debemos entregarle a la Madre Tierra todo lo que quisiéramos que a nuestra familia no le falte durante el año y a agradecerle por los favores recibidos durante el año pasado. Pero los interesados deben saber que la ofrenda puede realizarse cualquier día de agosto, menos los lunes, "dedicados a los muertos" y que las fechas más propicias son el primer viernes del mes, el 15 y el 30. Para cumplir el ritual las familias se reúnen o marchan hacia los lugares sagrados. Los Toldos, en Buenos Aires, San Antonio de los Cobres en Salta, Laguna Blanca, en Catamarca; Purmamarca, Tumbaya, Valle Grande y toda la Puna en tierras jujeñas son lugares tradicionales para ofrendar. También Buenos Aires es lugar propicio para hacer el tributo. O 'challar', como se dice, que es 'dar de comer y beber a la tierra'.

Como ven, el río místico fluye por arriba y por debajo de nosotros. Y seguramente nos ayuda en este tránsito terreno. Pero además de orar, tributar, pedir, agradecer los dones recibidos y homenajear a los seres superiores, los argentinos tenemos que recordar que hay otras herramientas para que la necesidad no vuelva a enseñorearse de nuestras vidas, para que vuelvan a faltarnos el pan y el trabajo y reine la paz. Por ejemplo, las instituciones que nada tienen que ver con los dioses sino que son patrimonio humano, como el Estado, como las leyes, como la democracia. Como la confianza con la cual se tejen las relaciones humanas. Porque defendernos del mal también depende de otros saberes y otras creencias, por ejemplo, la memoria, y ciertos saberes que solo llegan con la experiencia. Ese peine que a uno le regalan cuando ya se quedó pelado, como dijo el Ringo Bonavena.

Hoy no quiero hablar del mal, no quiero que esta columna de apertura de El Gato Escaldado nombre a los innombrables de siempre, a ese ejército de ocupación que nos rodea con sus operaciones bélicas disfrazadas de información, que en vez de noticias da partes de guerra, que hizo de amanuenses y cagatintas soldados del odio; que usa jefes de redacción en lugar de coroneles; cuyas palabras repican como balas a nuestro alrededor; con titulares de periódicos como bombas, zócalos de los noticiarios iguales a metralla, y los locutores como apuntadores de FAP. Hoy no quiero que los señores de la guerra, que nos ahogan con el humo de su mensaje terrorista, patronos del desánimo, corruptores de conciencias, amos del mercado, profesionales de la crispación y de la sospecha, manchen este rato con sus falsedades y operaciones.

Creo que ya todos saben. Y el que no lo sabe es porque no le conviene o no quiere enterarse quiénes son los que cada día con más ahínco y desfachatez, pero también con menor fortuna, pretenden alterar el orden institucional, deslegitimar la política, ir contra las leyes y quienes las hacen cumplir. Ya sabemos quiénes son los que detestan que controlen sus manejos, los que odian el dirigismo cuando dirige el Estado y no el mercado; los que desprecian e incumplen la ley cuando les limita el poderío; ya sabemos quiénes son los que a cada paso usan la palabra “denuncia”, los que hacen que todo sea sospechable y sospechoso, pasible de ser manipulado, reinterpretado y tergiversado, sometido a la duda, al laissez faire, laissez paser. Ya saben los oyentes quiénes son ellos y sus socios, que pretenden sin decirlo reducir los programas sociales y volver al predominio de la ley de la oferta y la demanda en todos los ámbitos de la vida. Ya saben los nombres y apellidos de los que día a día atacan a las instituciones. Salen en tevé a cada rato a atacar al gobierno en nombre del pueblo y de los pobres.

Hoy no quiero hablar de ellos, de sus malas artes y sus feas jetas. Solo quiero decirles a los oyentes que estén más atentos que de costumbre porque no habrá día sin operaciones bélicas en esta rara guerra en la que el campo de batalla es nuestra conciencia. Y de paso recordarles algo que ya saben, sobre todo en este momento en que el mundo civilizado, Estados Unidos y Europa digo, está derrumbándose víctima de las mismas argucias financieras que inventó para expoliar de sus riquezas a los débiles países subdesarrollados y sin industria: El mal no es transparente. Pero en todas las cosas se transparenta el mal. Ah, y no olviden: la mayor treta del diablo es hacernos creer que no existe.

Oramos, pidamos, tributemos, creamos en San Cayetano, en la Pachamama, en diosito bueno, en lo que dijo Krishnamurti. En que Estados Unidos y Europa no nos arrastrarán al abismo en su debacle. Y también en el rol del Estado. El Estado, o sea la Nación organizada jurídicamente, el Estado, que no puede ser testigo silencioso ante la angustia que conmueve al ser humano, a la familia, a la comunidad. El Estado que debe compenetrarse del dolor humano y buscar remedios apropiados para los males de la sociedad que rige. El Estado, que debe tallar en la organización económica y la organización social. Oremos, pidamos, tributemos y demos fe democrática por aquellos que han fortalecido su papel organizador y defienden su existencia, que son al fin y al cabo los que con voluntad política, con su terrenal valía, con su perfectible saber, con sus relativas verdades pero proverbial amor nos defienden a los indefensos humanos contra los que quieren dejar que la sinrazón y el todo vale rijan el mundo.

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