lunes 1 de agosto de 2011

BREVE HISTORIA DE LA INDIFERENCIA

Columna de El Gato Escaldado (31 de julio)

Los mejores recursos para convencer a alguien de una idea o para influir en una decisión son la evidencia y la memoria. Son el fundamento de la verdad. De mi verdad. Hay cuestiones teóricas e ideológicas, también. Pero lo tangible y evidente (aquello que es acto y no potencia) y lo que llega de la evocación debieran ser suficientes para disolver dudas y convencer. También hay otro recurso, más metafísico, digamos, que es creer. La prédica de una creencia puede ser contundente si hacemos vibrar la cuerda justa en el interlocutor. Creer, he allí la magia de la vida, decía nuestro Raúl Scalabrini Ortiz frente al escepticismo. Creer para ver, sostenemos siempre aquí. Pero digamos que la evidencia y la memoria, permiten esquivar lo ilusorio, escapar del engaño y el olvido que nos llevan al error.

Evidencia y memoria: tendrían que alcanzar. Sin embargo, la realidad nos dice que son insuficientes cuando lo obvio se invisibiliza, cuando fuerzas poderosas nos nublan el entendimiento, nos hacen indiferentes a lo comprobable e impiden recordar lo acontecido apenas ayer…

En una época fue el “Yo, argentino”, frase cuyo nacimiento ubican algunos a fines de la década de 1920. El “Yo, argentino” hermano del “no te metás” y primo del “son todos iguales” y el “que se vayan todos”. Esa fue la sopa que a grandes cucharadas alimentó a muchos durante décadas. Los intérpretes de la historia dice que ese dar la espalda a los acontecimientos que afectaban a todos, fue la sustancia del golpe militar que derrocó a Hipólito Yrigoyen un 6 de setiembre de 1930.

Excepto algunos radicales yrigoyenistas –Jauretche y Manzi entre ellos- nadie dijo nada cuando el general Uriburu sacó las tropas y se cargó al Peludo, y con él a la primera experiencia política que llegó a la Casa Rosada impulsada por el voto mayoritario del pueblo. Se bajaron las persianas, se tapiaron los oídos, los hombros se encogieron, acompañando la irrupción de la bestialidad oligárquica y colonialista emboscada tras las armas y el “qué me importa” de las mayorías anestesiadas, que por supuesto, ignoraban el futuro y lo que se traían bajo el poncho los golpistas y sus mandantes.

Las causas del fragote fueron múltiples: la cerril oposición de conservadores, socialistas y de los propios radicales que en conjunto boicoteaban las leyes que Yrigoyen mandaba al Congreso con las que intentaba mascar algo de la renta a los grandes patrones y llevar adelante su proyecto de justicia social; la política agraria en defensa de los arrendatarios y pequeños productores, que afectaba los intereses de los terratenientes; la hostilidad de las petroleras extranjeras -como la Standard Oil, del yanqui Rockefeller, la Gulf Oil, de los banqueros Mellon, la Shell, de capitales británicos y holandeses, y la British Petroleum-, por su proyecto de ley sobre nacionalización del petróleo, que limitaba la concesión de zonas petrolíferas a empresas extranjeras, sancionado en 1927 pero que los senadores se negaron a tratar. Otro hecho revolucionario, relacionado, fue la baja del precio oficial de la nafta del 1º de agosto de 1929, por parte de YPF; que representaba un importante ahorro anual para los consumidores y a la vez una afrenta para las empresas extranjeras que, por el acuerdo de Achnacarry, firmado en 1928, monopolizaban la fijación de los precios mundiales. A eso se sumaba la acción de los fascistas mussolinianos y los anarcos, y, claro, el descrédito sembrado por las campañas sucias de la prensa escrita, encabezadas por los diarios La Nación, de los Mitre; La Prensa de los Paz, y Crítica, de Bottana, el más popular. También estaban La Fronda y La Nueva República entre los que ensuciaron a Yrigoyen y emporcaron la mente de los argentinos. Como ahora: no es Crítica pero es Clarín; no es La Fronda pero está Perfil… Los elementos de presión siguen siendo lo mismos, cambian algunos nombres nomás, pero se suman radios y tevé, el arma de penetración más formidable de todas, que no pide permiso para entrar; asociados en una campaña desestabilizadora, con idénticos argumentos que hace 80 años.

Siembran cizaña. Recogen sus efectos, los multiplican, y así se fabrica una escalada de descontento. O un candidato político.

Miremos sino lo ocurrido en Ayacucho, un montón de personas movilizadas por la muerte de una bebita, supuestamente por un hecho de inseguridad que no fue tal, nacido de una operación política. Aunque se compruebe que es mentira ya quedó instalado como verdad. Y la responsabilidad al fin queda del lado del gobierno. Porque cualquier desmentida llega a destiempo y nadie la cree. Así de sencillo.

Esos medios ayer como hoy, tienen un objetivo: minar la fe del pueblo y desconcertarlo, separarlo de sus líderes y representantes legítimos, a los que atacan sin piedad: medios cuyo negocio es agudizar el individualismo, el descreimiento, a la vez que azuzar el odio de los más recalcitrantes. Porque en ello está la ganancia de los grupos económicos y de poder que representan. En aquel momento y en otros completaron la acción sacando las tropas a la calle porque, claro, tanta inmoralidad no podía seguir mancillando a la Patria ni un día más. “¡A las armas! para salvar la realidad de las instituciones y la dignidad de la Nación", decía el manifiesto reaccionario del 6 de septiembre del 30. Hoy dicen lo mismo para echar a los K del gobierno. Porque a Cristina y a su gobierno los quieren deslegitimar con las mismas herramientas aunque la situación objetiva sea tan diferente a la de los 30…

La indiferencia, la prescindencia, el odio es lo que fomentan para quedarse con nuestras riquezas; así llegaron la Década Infame, el golpe del 55, el del 66, el del 76, el del 89 y nunca se dejó de usar el recurso porque para cualquier fin espurio es indispensable apocar y enturbiar la conciencia del pueblo. Se puede entender que mucha gente quiera cambios, y es legítimo que los medios lo reflejen, el tema es bajo qué parámetros, con qué herramientas, en qué sentido y quién lo proponga, con qué chapa, con qué antecedentes, con qué propuesta…

El “Yo, argentino” nacido en los años 30 fue por generaciones símbolo máximo de la indiferencia, y una piolada que usaba hasta al más opa para pasar por inteligente. Frase patentada en estas orillas pero que tiene antecedentes, claro, empezando por un tal Poncio Pilatos, que por más que lavó sus manos, estarán por siempre manchadas de sangre.

El desengaño, las traiciones, la desilusión, el desencanto sembrados por los medios trajeron la Década infame, que dejó el poder en manos de la Sociedad Rural, de las compañías de origen británico, colonizados hasta tal punto que fuimos una joya más de la corona británica hasta la llegada de Perón. El hambre, la desocupación, la desesperanza abonadas por los medios, le abrieron la puerta a la segunda Década Infame, entregados al poder financiero internacional, del que fuimos el mejor alumno, hasta que llegaron Néstor y Cristina.

Tendría que alcanzar la realidad para comprender la verdad. Tendría que ser suficiente ver, por ejemplo, la recuperación de la economía y el bienestar de gran parte de la sociedad: la cantidad de edificios que se levantan día a día, los negocios que han abierto, la cantidad de autos que se fabrican y venden y circulan por todo el país; el crecimiento del consumo y del PBI, los récords de vacacionantes, como para entender que la economía del país marcha fenómeno. Y no por viento de cola sino por medidas que apuntan al trabajo y la producción. Tendría que alcanzar con saber que hay 55.000 millones de dólares de reserva en el Banco Central cuando en 2003 había 9.000; que los estudiantes y los docentes en todo el país están recibiendo computadoras; que hay planes como la Asignación Universal por Hijo que van paliando la situación de los más desprotegidos mientras se siguen creando fuentes de trabajo… tendría que alcanzar. Tendría que ser suficiente ver las más de mil escuelas que se han levantado, las fábricas que han abierto; los cinco millones de compatriotas que han -que hemos- recuperado nuestra fuente de laburo en estos años, todo porque se ha recuperado la capacidad de decisión sobre los asuntos de todos. Eso que llamamos soberanía. Por no hablar del satélite propio -todito argento- que ya da vueltas arriba de nuestras cabezas; de los jubilados que cobran su salario con dos aumentos por año, de quienes se integraron al sistema previsional a pesar de haber estado excluidos porque sus aportes se habían perdido o porque no habían podido hacer aportes… O hablemos de los científicos que han vuelto al país porque ahora tienen en qué aplicar sus saberes adquiridos acá. Eso y más… Ni hay qué leer los diarios ni ver la tele para enterarse. No es necesario querer a Cristina, ni ser peronista, ni ser parte del Proyecto… solo salir a la calle.

Y estas evidencias resaltarían mucho más si recordáramos la miseria que estábamos sumidos justo diez años antes de hoy, con góndolas llenas de artículos que no podíamos comprar o vacías porque los comerciantes no las podían reponer; con fábricas quebradas, con locales en alquiler por todos lados, con un tercio de la sociedad sin trabajo, cambiando zapatos viejos por tartas de zapallitos en los clubes del trueque; recordar cuando un tal Eduardo Duhalde solo hablaba de ajuste y reprimía y asesinaba a Santillán y a Kostecki mientras prometía a millones de compatriotas que iba a devolverles los ahorros que tenían en dólares, y no cumplió, claro. O cuando un tal De la Rúa junto a un tal Cavallo y una tal Patricia Bullrich, entre otros, seguían pidiendo guita a los mercados internacionales para pagar los desbarajustes que habían armado, mientras robaban del bolsillo el salario a trabajadores y jubilados para garantizarles el pago a los usureros, y eso por su propia inepcia y por las deudas en que nos había metido un tal Carlos Menem, rematador del patrimonio nacoional.

El “Yo, argentino”, el “son todos chorros”, el “son los mismos de siempre” y otras frases al uso, hoy se resumen y corporizan en un sustantivo: “la gente”, a veces acompañado por un adjetivo: “la gente normal”, la que quiere “lo que queremos todo”, la que dice: “basta de la política y los políticos”, sin apiolarse, sin querer o poder ver que los pregoneros de esas frases son los chorros, los que hundieron el ispa, los mismos de siempre escondidos detrás de la fiesta banal. Nada de lo racional y chequeable, solo la apelación a lo emocional para vender lo mismo una marca de yerba que un candidato. Y ahí están Duhalde, el jefe de gobierno de la ciudad, Del Sel, Alfonsín, acamalados por Susana Giménez, Noble, Magnetto, Saguier, Fontevecchia y sus amanuenses, que a puras tapas y horas de pantalla, hacen una realidad paralela…

Y hablan de amor y paz, mientras se pintan la cara para la guerra; imponen ese pasotismo de contentarse con no saber, no decir, no mostrar, no discutir, y negar hasta la muerte cualquier responsabilidad, mientras desguazan la verdad en el altar del odio, detestan la historia porque ésta es conflicto, mientras hacen del olvido una religión. Fomentan la incredulidad y logran al fin suplantar la realidad, aunque sea por un rato. Esa es la fórmula de la victoria armada por ilusionistas que nos llevan al precipicio con sus embelecos.

La palabra, las ideas, las verdades, entonces, no se escuchan o no convocan, pues ya no tienen sex apeal, o problematizan, o molestan, porque avisan que hay un prójimo, un otro; porque intentan relacionar a unos con otros de una manera comprometida. Y el otro, ya se sabe, es un peligro, es molesto, es imprevisible, o demasiado previsible, porque no piensa en los demás, es igualito, igualito a uno… y ante cualquier duda, entonces, mejor la desigualdad. Y ahí están los resultados de las elecciones… O la marcha de esos ciudadanos en Ayacucho; o la represión brutal en Jujuy, o la muerte del pibe Mariano Ferreyra, tan parecida a la de Kostecky y Santillán de la que el candidato Duhalde, apoyado por Alfonsín y por Macri tendrá que dar respuesta alguna vez, si es que hay un dios de Justicia…

La despreocupación, lo efímero, lo ocasional, lo que no tiene historia ni futuro, aquello que no pese en la memoria ni que agite ese territorio exigente que es la conciencia, es lo que garpa... Seguiremos teniendo disgustos hasta que no resolvamos ese intríngulis, cuyo componente principal más activo es el sistema mediático corporativo.

El asunto es por qué los descreídos en la política creen en aquellos políticos que les dicen, “no crean”. “Mírenme” -dice el político o el advenedizo popularizado a fuerza de horas de tevé y centímil en los diarios-: “no creo en la política, por eso ocupo el sitio de los políticos, porque no creo en ellos… como usted, que es como yo, que no cree en nadie”. Un discurso circular, una trampa dialéctica, pero efectiva, porque se percibe la mentira como una verdad, aunque suene a juego de palabras.

Es un cul de sac, un nudo que hay que deshacer con cuidado y vencer la tentación de querer cortar de un hachazo. Es otra vez el sistema de libremercado, el que toma a los hombres como medios, el que nos dice que no hace falta saber nada para gobernar; que recurre a estos biombos con fama para ocultar a los que quieren reducción del gasto público, las privatizaciones, el volver a los mercados financieros internacionales a pedir préstamos innecesarios, los que quieren devaluar la moneda, reducir la economía a la exportación de commodities, que es dejar sin trabajo a millones de argentinos. Dejarlos en la exclusión, es decir hacerlos descartables, soslayables, innecesarios. Se puede hacer todo eso sin saber nada de política. Solo se requiere del concurso de un asesor de imagen sin escrúpulos.

Ese es el modelo de país serio que desde la pantalla Alfonsín pide que imitemos -en tanto muestra la torre de los ingleses, o bucólicas playas y gente besándose-, es el mismo que reivindican Macri, Duhalde, Carrió si llegan a ser presidentes, y juntan miles de miles seguidores ciegos contra su propio interés, solo porque aprendieron a odiar a los K; el modelo de esta gente nunca es el propio sino el de otros. Países que se desmoronan, en caída libre, con deudas que superan el 100 por ciento del PBI, con desocupación, con la economía en manos de los piratas financieros, del FMI, de las calificadoras, a punto caramelo para los buitres de los cuales zafamos nosotros por seguir nuestro modelo, el modelo argentino que desprecian y quieren derrumbar.

Mientras tanto, Dilma Roussef y Cristina anunciaron la puesta en marcha de medidas conjuntas de los países de América del Sur para enfrentar la crisis europea y norteamericana y con abrazos sellaron la alianza más nítida e íntima entre Brasil y la Argentina de la que se tenga memoria. Eso que tanto reclaman los recién mentados desde las pantallas de tevé, pero nadie se los hace ver cuando lo dicen.

Con malas artes, con engaños, o por la fuerza: es la única forma que tienen de llegar al poder. Pero otra vez, no. Que no nos vuelvan a joder los que voltearon a Yrigoyen, al peronismo, a Illia, a Alfonsín por la fuerza de las armas y las operaciones mediáticas, los que nos embalurdaron con la indiferencia y el “Yo, argentino” para que ganen los de afuera, los privatizadores, los que están ahítos y no convidan, los avaros que quieren todo para ellos, los que no tienen principios pero sí fines, como si eso se pudiera…. Ir con la evidencia y con la memoria, creer en la rectitud, predicar la reciprocidad, sostener los principios. Eso es la vida, eso es la política, lo demás es espejo para alondras.

OSVALDO TANGIR

3 comentarios:

  1. Muy buena editorial.
    Evidentemente algo estamos haciendo mal. Si un tipo humilde (ponele un vecino del gran Rosario) es capaz de hipotecar su futuro y el de su familia votando a Del Sel (ya sea porque se acercó - dignamente - a escucharlo) y votando en contra de sus intereses, es porque estamos, definitivamente, perdiendo la batalla cultural.

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  2. Exacto, amigo Pasquildo. Y doblemente porque muchos de nosotros creen que la estamos ganando.

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  3. Acerca de éste fenómeno e intentando hacer un análisis sobre ello, escribí lo que sentí y como me salió, calentura de por medio. Cuando el 10 de julio experimentamos nuestra primer gran desilusión en CABA, me dije "Bicho raro somos" y largué a la web lo que sentí. Hay una realidad que es así, una gran porción de los habitantes de las grandes ciudades, "compran" todo aquello que "queda bien", son consumistas sin límites de la propaganda, consecuentemente el asesor de publicidad de pro aprovechó y explotó esta condición, llevando a esa franja al "coma inducido". No me cabe ninguna duda que estamos culturalmente devaluados.
    Muchas gracias por visitar mis demonios y dejar tus comentarios, cuando tengas tiempo y ganas pasa por Plan C (allí leemos el diario y opinamos y dejamos nuestro pensamiento (cuando pensamos).
    Un abrazo.

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