sábado 9 de julio de 2011

HAN VUELTO A DEGOLLAR A LA PALOMA


FACUNDO, UN HIJO DEL PERONISMO

Un día de julio, de un julio helado perdido ya de todas las memorias, se fue de su casa, que no era suya, sin decirle nada a su madre, que lo tenía a cargo a él y a sus siete hermanos. Pobre de toda pobreza, su padre lo había abandonado el mismo día que nació; casi mudo, tal vez por las atrocidades que había visto y vivido, el pibe, de 9 años, criado entre el reformatorio y las carencias, viajó como pudo desde aquella tierra paradójicamente llamada del Fuego para llegar a la capital del país. Fueron cuatro larguísimos meses los que tardó en llegar a la gran ciudad. Tenía una sola idea dibujada como un destino entre sus ojos grandes, cargados de imágenes, asombro y necesidades: ver al Presidente y a su esposa, porque alguien le había dicho a su vieja, que ellos eran buenos con los pobres y que podían darle lo que su familia tanto precisaba: trabajo.

Una idea loca, peregrina, desesperada, justa, claro, que el pibe siguió contra viento y marea, como quien persigue más que una ilusión, una fe. Al fin, en la ciudad, un vendedor ambulante que escuchó la historia, entre compadecido y risueño, le dijo dónde podía encontrarlos: un lugar llamado La Plata, a unos 50 kilómetros de esa capital donde había llegado. La Plata, donde él había nacido, aunque no tuviera ni un recuerdo ni una seña de aquello. La Plata, justo lo que no tenía, lo que había ido a buscar, eso que sólo podía conseguirse con laburo. Laburo, lo que precisaba para sacar a su familia de aquel pozo helado y sin futuro a la vista.

Allí, en esa ciudad extraña, armada como una telaraña, se celebraría un Tedéum conmemorando su fundación. Al día siguiente, con las monedas que le habían dado, el pibe viajó. Llegó a la terminal poco antes del mediodía y se fue caminando por las diagonales bañadas de sol y llenas de gente hasta la plaza Moreno, donde, le habían dicho, encontraría a ese hombre y esa mujer que esperanzado en la desesperación había ido a buscar. Y de repente, en medio de vivas, de pañuelos al viento, de sombreros arrojados al aire -y las palomas que levantaban vuelo asustadas-, los vio.

Iban despacito sentados en el asiento de atrás de un auto negro, descapotado, rodeados de policías: cuchicheaban entre ellos algo que él ni nadie no podía escuchar. Sonreían a la gente, él levantaba los brazos, ella saludaba como una niña subida a un carrousel.

Todo sucedió en un instante; rápido como una perdiz, empujado por el hambre y el abandono, que no tenían días ni meses sino siglos acumulados en su cuerpecito esmirriado, se coló entre la guardia que los custodiaba y trepó al estribo del auto. Quisieron bajarlo de un empujón, pero el hombre sonriente, vestido de militar, que mucho después supo había sido electo presidente ese año, lo impidió.

Con el auto en marcha, con la multitud que festejaba el paso de la pareja, el hombre que él había ido a buscar desde tan lejos, acaso desde el fondo de la misma historia, le preguntó: “¿qué precisás, m’hijito, en qué te puedo ayudar?”, y el pibe, con sus pilchas sucias, las uñas negras, los ojos hundidos de cansancio; el pibe emocionado, con el hambre atrasado, con sus nueve años que parecían tres vidas, hizo la pregunta de las preguntas, la que solo admite una respuesta: “¿Hay trabajo?”.

El hombre sonriente la miró a ella, y ella miró al pibe. “Por fin alguien que pide trabajo y no limosna. Por supuesto, mi amor, hay trabajo”, le dijo la mujer, bella como una princesa, más hermosa que un hada buena, pero real, más real que ese día soleado, que esa multitud alegre y vociferante, que tantos años de privaciones, que esa catedral gótica y fría como tantas otras catedrales góticas y frías donde los hombres durante siglos quisieron encerrar a dios.

Era el 19 de noviembre de 1946, el presidente se llamaba Juan Perón, su mujer Evita Duarte de Perón, y el niño, Facundo Cabral…

De inmediato la señora llamó a alguien y le ordenó “ocúpese del niño”. Y después de tantos meses, elpibe que había recorrido medio país para llegar a ese día, comió comida caliente, se bañó, se puso la ropa limpia que le dieron. Y se sentó a esperar como entre sueños, alucinado, feliz; y esperó esas cuatro horas mágicas hasta que terminó el Tedéum, hasta que ella, como una vieja amiga, fue a verlo a esa casa de la calle 1 donde lo habían llevado de la mano. “Tuvimos suerte -le dijo Evita, con una sonrisa que jamás olvidó- conseguí una escuela en Tandil, van a trabajar ahí, con un sueldo de 160 pesos”. Y lo mandó de vuelta en avión a buscar a su familia a Tierra del Fuego con dos pilotos, un médico y con una carta en el bolsillo que decía: “Sería de mi agrado que la señora de Cabral y sus hijos no tuvieran ningún problema” con la firma: Eva Perón.

Para Facundo, su madre y sus siete hermanos, ese 19 de noviembre de 1946, empezó otra vida. Una vida que nunca habían imaginado, pero que merecían, tan solo por haber nacido en esta tierra que comenzaba a ser libre, soberana y por sobre todo justa.

Ya no iban a estar sin pan y sin trabajo en el lejano y helado sur, sino en Tandil, en la templada llanura, entre sierras, donde el sol podía aliviar a todos de tanto desamparo y tanta, tanta intemperie. Era la primera vez que alguien le decía que estaba dentro de la cancha, que pertenecía a una sociedad, que no era un excluido, como había sentido hasta ese momento.

Muchos años después ese pibe, Rodolfo Enrique Facundo Cabral, nacido en La Plata el 22 de mayo de 1937, se hizo poeta, musicante, trovador, vagamundo, sabio, narrador de historias, viajes, sueños, pesadillas, predicador de una fe, entre cuyas verdades está ésta que aprendió o descubrió o inventó ese día a los 9 años, después de aquel encuentro maravilloso que lo reunió con el hombre del destino y con la abanderada de los humildes, una verdad sencilla como el aire y el agua, una verdad grandiosa como una catedral: “Yo debo ofrecer antes que pedir”.

Ayer, ayer nomás, este argentino de todos lados, este militante de la paz y la fraternidad, fue brutalmente asesinado. ¿Por qué?, porque sí, por nada. Por la sinrazón, que es lo que es, y nunca tiene una explicación. Pero lo cierto es que otra vez matan al cantor creyendo que acallarán la canción.

“Que sea lo que Dios quiera, porque Él sabe lo que hace”, fue lo último que le dijo al público guatemalteco, un día antes de caer baleado: este hombre que pintó su aldea íntima, como Tolstoi, y la hizo universal; que conoció el infierno y la iluminación, como el Buda; que se sentó a tomar café en La Biela, como cualquier porteño; y enseñó el amor, como Cristo; y abrazó a la Madre Teresa en los moritorios de Dehli; y habló a sus hermanos con la verdad de Alah, como Muhammad; y bailó como un derviche por las calles de Sanná, y volvió a beber su vino a Tandil tantas veces; y se volvió ciego, tal vez para ver mejor; y cantó una y mil veces en cientos de escenarios “No soy de aquí ni soy de allá”, su himno, nuestro, siempre igual y siempre distinto. Fue también su última canción, la que cantó en Quetzaltenango, donde alguna vez, hace cientos de años, los mayas vivieron para descubrir el universo, y otra, ayer, los sicarios mataron.

El camino de la verdad otra vez manchado de sangre, sangre criolla, sangre universal, de alguien que llevó alrededor del mundo ese mensaje de misericordia, de agradecimiento, de amor y justicia que entró en su alma aquel día de 1946, cuando frente a la catedral de La Plata, el feo rostro de la necesidad se fue a barajas y el buen dios se le hizo carne en la sonrisa de aquel hombre y aquella mujer predestinados. “Hay una mitad del mundo con una flor en la mano, y la otra mitad del mundo por esa flor esperando”, eso cantaba a fines de los 60, cuando lo escuché por primera vez y creo que aun se hacía llamar El Indio Gasparino. El, como Sidartha, sabía hacer ambas cosas: dar y esperar.

Un rezo, una oración, una lágrima para no olvidar nunca el mensaje entrañable de Facundo. Una alma buena, un Gandhi moderno, un hermano de todos. Ayer, en Guatemala, las bestias amputaron una parte de nosotros. El quinto mandamiento sigue sin tener sello. Han matado a un peronista, han degollado nuevamente a la paloma.

4 comentarios:

  1. excelente comentario Turco. Conocia la aneda del Facundo pibito harapiento pero tu narración conmueve. Por otra parte estan tus programas de radio colgados por acá ?

    ResponderSuprimir
  2. Hola, viejo. Están en la página de El Gato Escaldado, el viernes subo la del domingo y otras grabaciones que aun no pudimos copiar. Gracias por leer. abrazo!

    ResponderSuprimir
  3. Su vida tuvo un sentido pobre, humilde y cotidiano pero suficiente, descubrió algo por lo que todavía vale la pena luchar, "el pan de los pastores, la luz de la cigarra.." y ha muerto en un mundo donde ya nada es nítido, donde los acontecimientos tienen el color marrón de la tierra, una tierra que es el último destino del hombre.
    Osvaldo, hoy tus palabras custodian su sueño y me han emocionado porque no ha muerto de fracaso ni derrota sino que parte hacia un nuevo día.
    ..."el estallido eterno de la eterna vida, la libertad infinita y la pequeña herida..."
    Un abrazo amigo.

    ResponderSuprimir
  4. Loli, amiga, tu poética y sentida cercanía acariñan la tristeza, dan otra dimensión al duelo y lo llevan "cerca del maravilloso sol que incendia las arenas". Un gran abrazo.

    ResponderSuprimir